Cautiverio, por Tyrsa
Mi alma cautiva dentro de un cuerpo que nunca sentí mío, un cuerpo cargado de angustias y tristezas, que no se corresponde con la imagen que cuelgo en mi imaginación. Nos encerraron desde marzo a este cuerpo, mi mente y espíritu, por esta inusual enfermedad que va victoriosa conquistando el mundo. Tengo que encontrar la forma de lidiar con este cuerpo ajeno que transporta a mi alma, ya que estaré sola, sin caricias ajenas durante esta cuarentena.
Durante varios días seguí con la costumbre impoluta de no verme en los espejos, aunque estuviera sola en este cuarto, con tanto tiempo y silencio. No quería ni podía ver este cuerpo ajeno, rechoncho, grueso, con olor a molusco.
“¿Cómo puedo vivir en este cuerpo?” pensaba en estas horas mustias. Tenía hambre y quería ir a la mesita cerca de la cama por una galleta, y de pronto, esa noche, al bajar de la cama, se mojaron mis pies. Revisé cada rincón del cuarto en busca de goteras; no las encontré por ningún lado. Los resquicios de las ventanas no permitían la entrada de lluvia, además estábamos en pleno verano. No había forma en que el agua lograra colarse, pero ahí estaba.
Desconcertada y hambrienta por la dieta estricta que me impuse, me dormí profundamente. Al amanecer bajé un brazo para tocar el suelo, y el agua cubrió hasta mi muñeca. Con los ojos entrecerrados pude ver cómo jugaban al barquito flotador mis sandalias, mis peinetas y la bolsita de dulces que había perdido días atrás. La mesa y los demás muebles de mi cuarto estaban cubiertos de agua.
Me senté, asustada y asombrada, viendo cómo el agua estaba contenida rodeando mi cama, como un cuadrado protector o una barrera líquida. Restregué mis ojos y me tiré de la cama para abrir la puerta y que el agua corriera libremente, pero nada, no funcionó. El agua seguía bordeando la cama; me llegaba hasta los tobillos.
“Lo que me faltaba”, pensé, “no solo tengo un cuerpo que aborrezco, sino que ya la mente me está jugando chueco. Maldita pandemia”.
Las amistades y algunas novias me tenían por intensa con el tema del cuerpo. No iba a llamar a nadie, no iba a escribirle a nadie sobre este río desbordando alrededor de mi cama. Era lo que me faltaba, que me llamaran también loca.
Limpié varias veces mis ojos, me pellizqué los brazos, pero el agua continuaba ahí. “Me dormiré”, pensé, “seguro esta babosada de sueño líquido desaparece si descanso”. Me tiré a la cama y me dormí. Al despertar, el agua había aumentado; podía hundir mi pierna hasta la rodilla.
“Hoy sí”, me dije, “voy a tomar un par de fotos para que alguien me crea”, pero mi celular había sucumbido a los encantos del agua. Lo dejé cargando a un lado de la cama y seguramente, con algún movimiento involuntario, lo lancé a nadar en este sueño. “No hay modo de probarle esto a alguien”, pensé.
El agua ya rozaba las esquinas de mi cama. Prefería no moverme; sentí miedo. Si bajaba de la cama, el agua podía llegar más allá de mis senos, y nunca aprendí a nadar. Con este cuerpo, me daba pena usar trajes de baño. Me enfoqué y empecé a repetir: “Esto es imposible, esto es producto de mi imaginación, debe ser porque odio a mi cuerpo gordo y desproporcionado”. Estaba asustada y quizá por ello me abracé; el agua se movió intensamente.
No me atreví a bajar de la cama. Me quedé en su resguardo días y días, con la bolsa de semillas varias que tenía como único alimento. “Yo voy a aprovechar este encierro para rebajar”, me había dicho semanas antes, “y convertirme en la flaca hermosa de mis cuentos”.
Era asombroso ver mi cama-isla en medio de aquel mar, lago o río. El agua se quedó en los bordes. De pronto, un movimiento en el agua; me asomé y pude ver pececitos multicolores, caballitos de mar, algas. Empecé a reírme a carcajada suelta. “Es que de verdad nadie dará crédito a mi experiencia. ¿Cómo serán los océanos de los y las demás? ¿Qué encantos o desencantos tendrán en su encierro?” Me dormí.
No tenía ningún tipo de contacto humano, no había modo de comunicarme con alguien, solo el retumbo del corazón que me recordaba que estaba viva y el ruido en la panza, la señal del hambre. Empecé a comerme una semilla por día, agarraba agua con las manos y la bebía; a veces era dulce, otras salada, pero el nivel se mantenía intacto. He perdido la noción del tiempo; ya no importa si es de día o de noche, el agua y el sueño son lo más constante en este cautiverio.
Sin dimensión del tiempo, empezaba a quedarme dormida cuando sentí algo resbalar por mis mejillas. Mis almohadas estaban húmedas. Encendí la luz y, por uno de los bordes de la cama, despacito iban bajando mis lágrimas mezclándose con el agua que me rodeaba. Era mi llanto de años y años odiando este cuerpo gordo, enorme, deforme, celulítico. Era mi llanto que se desparramaba mientras dormía y me tenía cautiva en esta cama, en este encierro.
Me negué a dormir, me negué a cerrar los ojos para evitar seguir llorando, porque despierta no pasaba nada, ni una lágrima. Era mi yo interno el que lloraba, era la niña que nunca resolvió sus conflictos, la lesbiana gordiflona y fea, la que lloraba. No me lo podía creer; el encierro me estaba sacando los duelos que no quise conocer.
Mantenerme alerta en nada contribuyó a mi ánimo; estaba consciente de que debía cambiar mi situación de alguna forma. Busqué bajo la almohada y encontré lo que tanto temía: mi espejo de mano. Vi mi rostro, mi boca rellena y sensual; me sonreí, el agua se movió intensamente. Acaricié mi panza, mis piernas, rellenitas y firmes, y el agua descendió un poquito.
“Debo aprender a acariciar mi cuerpo”, pensé, “quizá esa es la clave”.
Me desnudé y me recosté de lado en mi cama-isla. Con el espejo en la mano, iba examinando detenidamente cada lunar, cada cicatriz. Me sonreía al recordar los momentos divertidos que mi cuerpo me había regalado en la niñez, y el agua se movía intensamente. Toqué mi cuerpo descubriendo sensaciones que no me había permitido sentir; reí con cada cosquilla descubierta. Cerré mis ojos y transcurrió un año o un siglo. De pronto, recordé que al dormirme el llanto interno volvía; me senté y me abracé. Vi hacia el suelo y el agua había descendido mucho más.
Descubrí que mientras me reconciliaba con cada parte de mi cuerpo, acariciándola, aprendiendo a amarla con sus defectos y virtudes, el agua se movía intensamente y descendía un poco más. Empezaba cada día con un autoabrazo; me recitaba poemas bellos a mis nalgas, a mis piernas, a los dedos de los pies, a los ojos, a la mujer completa que era, y el agua continuaba bajando.
Fui descubriendo que este cuerpo que transporta mi alma es lo único que tengo, lo único verdaderamente mío. Aprendí que debe responder a mi propia belleza, dulzura, comprensión, y que necesita ser amado por mí para librar juntas, alma y cuerpo, esta batalla del encierro. Mientras más me concentraba en conocerme, en aceptarme, en amarme, más descendía el agua que rodeaba mi cama.
Me llena de calma comprender que todo este tiempo me ha servido para conocer los vericuetos de mi dolor por no llenar los estándares de belleza, y que puedo y debo amarme con este cuerpo bello e imperfecto que me lleva y me trae en la aventura de la vida. El llanto ya casi se seca por completo; he podido caminar por el cuarto, destapar los espejos, sonreír y acariciar a esta gordita lesbiana con la que tanto he peleado.
El encierro sigue en pie, pero mi cuerpo y mi alma viven un romance intenso. Me tengo, me acepto, me amo, y eso es todo lo que necesito.